La belleza de lo cotidiano. Más allá del beso de Robert Doisneau

“París es un teatro en el que se paga asiento con el tiempo perdido. Y yo continuo esperando.”

Vivian Maier, Robert Capa y ahora Robert Doisneau. Parece que Madrid se ha convertido en una visita obligatoria para toda persona interesada en la historia de la fotografía.  La Fundación Canal acoge hasta el 8 de enero de 2017 la exposición Robert Doisneau: La belleza de lo cotidiano. Una muestra que nos permite acercarnos a uno de aquellos fotógrafos que para principios del siglo XX, elevaron el concepto de fotografía a la categoría de arte. Suyas son instantáneas tan conocidas como el Beso de l’Hotel de Ville [1]Mademoiselle Anita [2] o uno de los retratos más famosos de Picasso, Los panes de Picasso [3].

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La belleza de lo cotidiano es una exposición que busca mostrar la realidad tal y como la entendía el Robert Doisneau. En una continua búsqueda por encontrar el escenario, los gestos y las situaciones adecuadas, produjo alrededor de 450.000 negativos. La exposición que abarca unos 45 años de su producción artística, está formada por 110 instantáneas que nos permiten contemplar la evolución de este artista; desde su periodo de formación, hasta su madurez y reconocimiento como fotógrafo. Las fotografías han sido seleccionadas por sus hijas: Annete, comisaria de la muestra y asistente del fotógrafo durante 16 años y Francine; que han querido mostrar algunas de las obras más emblemáticas de su padre, junto a otras menos conocidas, como la serie de Palm Springs, en color. Se trata de una selección muy íntima y personal, donde las instantáneas son copias de la época. Además de estas copias, la exposición recoge varias hojas de contactocollages y algunas publicaciones originales de revistas como FortuneLife Vogue, que consagraron a este fotógrafo como uno de los grandes del momento.

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Al contrario que en muestras anteriores, La belleza de lo cotidiano no está planteada de manera cronológica; aunque sí podemos dividirla en dos seccionesLa belleza de lo cotidiano y Palm Springs, que corresponden respectivamente al trabajo en blanco y negro y en color de Doisneau. Las comisarias han querido respetar y de alguna manera homenajear, el modus operandi de su padre. Doisneau era caótico por naturaleza, no seguía un orden ni un criterio a la hora de fotografiar, ni tenía una intención artística preconcebida. En este sentido es importante destacar que nunca siguió modas. La intuición era su única guía, no había lugar para el orden ni el criterio. Quizás por eso su obra está tan marcada por esta libertad creativa.

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Robert era un fotógrafo tímido, que se escondía tras el visor de su Rolleiflex, y aunque con el tiempo logró superar este aspecto de su personalidad, la exposición ha querido abrir la exposición no con una fotografía, sino con un objeto. Precisamente una Rolleiflex: inicio de una época, una carrera y objeto con el que sus hijas recuerdan a su padre. En este sentido, la exposición tiene la suerte de contar entre otras, con la primera fotografía que realizó el Doisneau, la de unos adoquines; y con algunos ejemplos de los primeros contactos del fotógrafo con las personas, en los que predominaban más los aspectos más técnicos y formales, quedando estas en un segundo plano.

La muestra con luces tenues y azueles y los cuadros iluminados como si de ventanas de un edificio se tratara, está proyectada como un paseo nocturno por las calles de Paris que busca sumergirnos en su obra menos conocida, pero más personal.  El montaje de La casa de los inquilinos de 1962, un collage de distintas instantáneas suyas en un cartón a modo de bloque de pisos, nos ayuda a entender la obra del fotógrafo: gestos corrientes de gente corriente en situaciones corrientes.

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La fotografía humanista y la belleza de lo cotidiano

“Describir es destruir, sugerir es crear”

Robert Doisneau es, junto a nombres como Willy RonisVivian Maier o Henri Cartier-Bresson, considerado como uno de los padres de la rama más poética del fotoperiodismo, la fotografía humanista. Se trata de una corriente que buscaba testimoniar la dignidad humana frente al contexto bélico internacional de la Segunda Guerra Mundial, que se estaba viviendo.Muchas de sus instantáneas están tomadas en los suburbios parisinos, retratando a la heterogénea gente que los poblaban.El bullicio diurno de sus calles, el fantástico mundo de los niños, la vida nocturna de la ciudad, el ambiente del París ocupado, o las celebraciones tras su liberación… Poco quedó sin retratar en esos 450.000 negativos.

Pero Doisneau no era documentalista. Y es que tal y como apuntan sus hijas, lo que su padre hacia era fotografiar el mundo como a él le gustaría que fuera. Toda su producción comparte el carácter irónico, divertido y optimista del propio fotógrafo. Incluso en las fotografías que tomó durante la resistencia a la ocupación nazi y la liberación de París, Doisneau consigue transmitir esperanza y anhelo por una vida mejor. La firme creencia en el ser humano y su capacidad para disfrutar de la belleza de las pequeñas cosas,son dos aspectos que se transmite en todas sus fotografías y retratan el París con el que él soñaba.

Así, el título de la exposición, La belleza de lo cotidiano, no puede ser más acertado. Doisneau se quedó con la belleza que podía captar a través de su Rolleiflex,inmortalizando la realidad como un reflejo modificado de momentos insignificantes. Escenas protagonizadas por personas normales en su día a día más anodino. Todos personajes cotidianos, que nos narran historias como la de los niños que van a comprar leche, aquella novia riéndose en un balancín, una jornada de trabajo en una fábrica, una mujer tocando el acordeón en una tasca, la mirada de los porteros de la calle Dragon…

Sin embargo no se nos debe pasar por alto que la realidad de Doisneau está conscientemente dulcificada. Pese a todas esas imágenes cargadas de humor y optimismo, muchas de sus fotografías, leídas entre líneas, descubren la crudeza del mundo. En todas sus fotografías, el juego de contrastes, tanto formales como conceptuales se repite, no haciendo otra cosa que manifestar esa realidad dulcificada de la que hablábamos, tras la que se deja entrever el difícil escenario político, económico y social del momento.

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Instante decisivo, momentos fugaces

“Un fotógrafo que hizo una foto de un momento espléndido, una pose accidental de alguien o de un hermoso paisaje, es un descubridor de tesoros.”

Otro de los aspectos que nos gustaría destacar de su obra, es que esta belleza de lo cotidiano, no sería nada sin el instante decisivo, que comparte con su amigo, el reconocido fotógrafo Henri Cartier-Bresson. Para nosotros, que tenemos cámaras digitales que nos permiten fotografiar cientos de instantes decisivos, puede que capturar un momento preciso, no nos parezca gran hazaña; pero por aquel entonces, con los medios de los que se disponía era muy difícil inmortalizar esos momentos tan fugaces. En todas y cada una de las fotografías que conforman la muestra se advierte el dominio técnico y la capacidad de Doisneau.  Su modus operandi: encontrar un escenario sugerente y observar atentamente una sucesión de situaciones cotidianas, para finalmente activar el obturador de su cámara cuando se presentaba una historia que contar.

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De hecho unade las fotografías que nos llama la atención y que refleja muy bien esta técnica del fotógrafo francés es Una mirada oblicua [10], de una serie que realizó a modo de experimento en el escaparate de la Galería Romi para la revista Life. En ella vemos a un respetable matrimonio observando el escaparate. La pareja parece estar comentando un cuadro expuesto¸ y aunque nosotros sólo podemos ver la parte posterior, sí nos percatamos de que el marido no mira al lienzo en sí, sino que de reojo está prestando más atención a otro menos visible, de una mujer desnuda. Y aunque la muestra sólo cuenta con esta instantánea de toda la serie, merece la pena echar un ojo al reportaje entero. Los instantes decisivos que capta Doisneau escondido tras el escaparate, son un interesantísimo y divertido estudio sociológico.

Sin embargo pese a esta espontaneidad que desprenden todas y cada una de sus fotografías, Robert Doisneau era un hombre que no dejaba escapar la foto que veía en su cabeza y en muchas ocasiones intervenía buscando las poses más adecuadas para sus “modelos”. Fotografías como Café negro y blanco [11], o las ya citadas Beso de l’Hotel de Ville 
MademoiselleAnita…son buen ejemplo de esto. El resultado no podía ser mejor: imágenes que atrapan toda nuestra atención. Es como si volviéramos a ser un poco niños que juegan a inventar historias, partiendo de cualquier escena que les llame la atención. Preguntándonos el por qué, el qué estará pasando, o qué estarán pensando los personajes de las instantáneas. Le petit balcon [12] La información escolar [13] , Criaturas de ensueño [14]

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La exposición también cuenta con una nutrida selección de revistas con artículos dedicados al trabajo de Doisneau o que llevan por portada una foto suya. Por aquel entonces, la gran importancia que la imagen, y sobre todo la fotografía humanista del momento, comenzaba a tener en los artículos de texto, llevó a muchas revistas a contratar a fotógrafos para que nutrieran sus páginas de imágenes. De hecho, reportajes como el de Besos que le encargó la revista Life en 1950 o el que versaba sobre la figura de Picasso (también para la misma revista), le consagraron como uno de los grandes del momento, y le llevaron a ganar el Premio Nacional de Fotografía en Francia, en 1983.

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Doisneau y el color

La última parte de la exposición  está dedicada a su producción en color, una faceta del fotógrafo no muy conocida. De la misma manera que pasó con Robert Capa, Robert Doisneau era un enamorado del color, sin embargo casi siempre usó carrete en blanco y negro, debido fundamentalmente al alto coste que suponía revelar aquellas cintas y a que se trataba de una técnica que por aquel entonces estaba en desarrollo y temía que los colores no duraran y se estropeasen con el paso del tiempo. Sin embargo fue en 1960, cuando se animó por primera vez de manera profesional a realizar un reportaje, encargo de la agencia Rapho, para la revista Fortune.

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Pasamos entonces de las luces azules y las calles de París, al sol del desierto americano. Doisneau viajó a Estados Unidos para reflejar la construcción de los campos de golf en Palm Spring, refugio de jubilados americanos adinerados en el desierto de Colorado. Las instantáneas recogen imágenes de señoras enfundadas en abrigos de pieles a más de 30 grados, piscinas climatizadas con patos de goma, casas de lujo, césped en el desierto… La revista publicó algunas imágenes para publicitar el destino, sin embargo con el tiempo otras muchas salieron a la luz. La exposición recoge una muestra de ambas y descubre al visitante la cara oculta de este reportaje. En ellas encontramos un mundo más pop, donde Doisneau juega con los colores para resaltar sus, tan característicos, momentos decisivos y sus historias entre líneas. Las imágenes son más irónicas, y en consonancia con el ambiente que realmente se había encontrado allí: extravaganteartificial y en fuerte contraste con la posguerra europea de la que venía el fotógrafo. En palabras de sus hijas: “Para mi padre, América era como Marte”. Quizás por ello, acabó inmortalizando el planeta artificial que supone Palm Spring.

La selección de imágenes de la muestra que acoge la Fundación Canal, no puede plasmar mejor la personalidad de este artista, empeñado en mostrar la belleza de la vida a partir de escenas cotidianas; no como realmente eran, sino como a él le hubiera gustado. Robert Doisneau supone ver con ojos prestados otro tiempo, otro lugar; pero sobre todo cientos de historias. Una exposición para todos aquellos que les guste la fotografía y quieran volver a asomarse al mundo con otra mirada, cargada de curiosidad.

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[1]Le baiser de l’hôtel de ville, 1950 © Atelier Robert Doisneau, 2016

[2] MademoiselleAnita, 1951 © AtelierRobert Doisneau, 2016

[3] Les pains de Picasso, Vallauris 1952 © Atelier Robert Doisneau, 2016

[4] Le baiser de l’hôtel de ville, 1950 © Atelier Robert Doisneau, 2016 // Mademoiselle Anita, 1951 © Atelier Robert Doisneau, 2016// Les pains de Picasso, Vallauris 1952 © Atelier Robert Doisneau, 2016

[5] ©Fundación Canal

[6]©Openart

[7]©Openart

[8]Los porteros de la RueDragon. 1948© Atelier Robert Doisneau, 2016// La novia en chezGegene © Atelier Robert Doisneau, 2016 // Les Enfants de la Place Hebert. 1957 © Atelier Robert Doisneau, 2016 // L’aéroplane de Papa. 1934 © Atelier Robert Doisneau, 2016 //Los carniceros melomanos, la Villette. 1950 © Atelier Robert Doisneau, 2016 //Le cadranscolaire, 1956 © Atelier Robert Doisneau, 2016 //Le plongeur du Pont d’Iena. 1945 © Atelier Robert Doisneau, 2016 //Dans le train de Juvisy. 1947 © Atelier Robert Doisneau, 2016

[9]Un regardoblique, 1948© Atelier Robert Doisneau, 2016

[10]Un regardoblique, 1948© Atelier Robert Doisneau, 2016

[11]Café noir et blanc, Joinville-le-Pont, 1948 © Atelier Robert Doisneau, 2016

[12] Le PetitBalcon, 1953© Atelier Robert Doisneau, 2016

[13] L’informationscolaire, 1956

[14] Créatures de rêve’, 1952. © Atelier Robert Doisneau, 2016

[15] Le PetitBalcon, 1953 © Atelier Robert Doisneau, 2016 // L’informationscolaire, 1956 // Créatures de rêve’, 1952. © Atelier Robert Doisneau, 2016

[16]©Openart

[17]© Atelier Robert Doisneau, 2016

[18]© Atelier Robert Doisneau, 2016

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